Un país

Nos guste o no, todos estamos envueltos en una gran empresa, un país: que es más que una simple posición geográfica, la historia de los intereses de quien la cuenta o el sitio de nuestras vivencias y familias, es un entorno en todo sentido que pertenece a los ciudadanos propios del mismo, como parte de su identidad, de su razón de ser y de su referencia con respecto al mundo. El país como una empresa no es solo una marca registrada que denota nacionalidad y con la cual se puede hacer lo que convenga de parte de quien lo gobierna, al margen de los indicadores asociados al devenir de los ciudadanos y las actividades que competen a su vida.

Un país es un organismo viviente y dinámico, ordenado por leyes y prácticas de convivencia, por factores de tipo social y económico que le permiten establecer referencias sobre su situación, objetivos y requerimientos de los cuales ningún ciudadano puede escapar, independientemente de la condición política o intereses que tenga o deje de tener.
Un país y sus ciudadanos no son más o menos prósperos, tienen mayor o menor pobreza, seguridad, bienestar económico o social, porque alguien lo diga de acuerdo a sus intereses, o porque exista una intención particular de hacerlo creer, sino como el reflejo de las acciones de todos, incluidos los que controlan las vías para comunicar. Existen indicadores muy bien definidos y asociados a metodologías claras que permiten conocer los resultados, mucho más allá de la retórica o de la imposición comunicacional que adapta la información por acción u omisión.

Un país no imagina un nivel prosperidad o la falta de ella, sino que la vive día a día, en cifras absolutas de crecimiento económico, pobreza, corrupción, Inflación, libertad económica, competitividad, transparencia y seguridad. Esos valores son los puntos de partida y metas de los ciclos de acción que se entrelazan en las diferentes ramas del desarrollo humano como referencia a otros. Un país no avanza con peroratas, colores, amenazas, promesas y anécdotas, con libretos repetitivos de ocurrencias o de justificación continua de lo que tiene que ocurrir y nunca ocurre, tampoco mediante la ambientación guerras imaginarias contra enemigos que solo existen en las palabras y en los intereses de discursos de otras epocas sin sustento en el mundo de hoy. Un país avanza con objetivos definidos, acciones ordenadas y definidas que promuevan soluciones constantes, responsables y permanentes para todos.
Sorprende ver las profundas diferencias existentes entre un país como Venezuela y la mayoría de los países latinoamericanos en cuanto a los índices de crecimiento, libertad económica, inflación, competitividad y mejoramiento de las condiciones sociales. Llama la atención curiosa y positivamente como todos los países de Latinoamérica, sin excepción, algunos sin recursos naturales relevantes, han desarrollado y presentado en los últimos años valores de crecimiento sólidos, solo limitados por su capacidad productiva, las condiciones de la economía local y el esfuerzo de sus habitantes.

Es lógico que existan tendencias u orientaciones políticas en cada país, pero ellas no son motivo ni pieza relevante para interponerse en el contexto asociado a los resultados, más bien antes de imponerse en el diario devenir de los ciudadanos promueven el desarrollo con resultados visibles como única vía para la continuidad de sus propuestas, apoyándose en las leyes e instituciones, evitando en la mayoría de los casos interceder con las instituciones del estado, siendo que estás representan un poderoso elemento de control que forma una gran muralla de protección ante la eventualidad política y sus pretensiones.

¿Quién puede explicar este contundente contraste donde todos los países crecen, y uno, supuestamente rico, no lo hace, al contrario se hunde en una crisis indetenible? ¿Es que alguien decidió medir distinto, en base a valores subjetivos y crear su propio mundo a expensas de la certidumbre de sus ciudadanos? ¿Cuál es el límite de una situación asociada al interés de unos pocos y la incertidumbre de muchos?

En un mundo de intercambio comunicacional inmediato, competitividad implacable, demanda de calidades y variedades, dependiente irremediablemente de la interconexión permanente y donde la opinión ha pasado a ser un todos a todos; nadie puede proponer que los ciudadanos de un país tengan que quedarse aislados, sin referencias, empobrecidos, sin herramientas para avanzar y con una promesa de futuro personal que no se sostiene en hechos concretos, siendo además que por acción o inacción se ataca y destruye lo que construye la misma base de las promesas. De la nada, solo sale la nada y nadie puede aspirar, a ser poco, a ser menos, o exactamente a  la nada, mientras pasan los años en medio de una gran incertidumbre que no fija rumbos ni objetivos de bienestar.

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